
Receta de Ossobuco alla Milanese
Mira, este plato me trae un recuerdo muy especial. Hace unos años, mis nietos me llevaron a Milán. Ellos querían enseñarme el Duomo, las galerías, todo eso. Pero yo, que soy de pocas monumentos y muchas comidas, lo que quería era sentarme en una trattoria y probar algo de verdad. Y allí, en una callejuela cerca del centro, me encontré con el Ossobuco.
No sabía ni cómo se pedía. Le dije al camarero: "Tráigame lo que sea típico de aquí". Y llegó aquella fuente con una rodaja de carne enorme, con el hueso en medio, y una salsa oscura que olía a gloria. Al lado, un risotto amarillo que parecía oro líquido. Cuando probé la carne, se deshacía en la boca. El tuétano del hueso, que yo nunca había comido así, era pura manteca. Me quedé callado, que es la mejor señal cuando algo está bueno de verdad.
Resulta que esto es el Ossobuco alla Milanese, un plato que nació en las trattorias humildes del siglo XIX y que con el tiempo se convirtió en todo un símbolo de Lombardía. Su nombre quiere decir "hueso hueco", por ese hueso central que lleva dentro el tuétano, que es una delicia. Se cocina despacio, muy despacio, con verduras y vino blanco, hasta que la ternera se queda tan tierna que la puedes partir con el tenedor. Es de esos platos que enseñan que la paciencia en la cocina tiene premio.
Lo que más me gustó de aquel primer Ossobuco fue el contraste. La carne, tan rica y potente, llevaba por encima una cosita que llaman gremolata: limón, ajo y perejil picados, que le dan un frescor que corta la grasa y te despierta el paladar. Y el risotto, ese que llevaba azafrán y le daba ese color tan alegre, era el compañero perfecto.
Desde aquel viaje, lo hago en casa para los cumpleaños importantes o cuando quiero quedar bien con alguien. No es un plato de diario, porque lleva su tiempo y su mimo. Pero cuando lo pones en la mesa, con el hueso asomando y ese olor que llena la cocina, la gente se queda mirando y ya saben que viene algo especial.
Receta Ossobuco alla Milanese (4 personas)
Comensales
4 raciones
Preparación
30m
Cocinado
2h
Tiempo Total
2h 30m
Utensilios
Ingredientes
Para el ossobuco:
Para la Gremolata:
Para acompañar (tradicional):
Instrucciones
1
Preparar y sellar la carne
Seca bien los trozos de ossobuco con papel de cocina. Sazónalos con sal y pimienta y pásalos ligeramente por harina, sacudiendo el exceso. En la cazuela caliente con un buen fondo de aceite, sella los trozos a fuego medio-alto durante 3-4 minutos por cada lado, hasta que estén bien dorados. Retíralos a un plato.
2
Preparar el "soffritto" y desglasar
En la misma cazuela, añade un poco más de aceite si es necesario y sofríe a fuego medio la cebolla, la zanahoria y el apio picados (el soffritto). Agrega los ajos, el romero y el laurel. Cocina unos 8-10 minutos hasta que las verduras estén blandas.
Vierte el vino blanco para desglasar, raspando los jugos pegados del fondo. Deja que hierva y reduzca a la mitad.
3
Cocción lenta del guiso
Vuelve a colocar los trozos de ossobuco en la cazuela, encima del soffritto. Añade el tomate triturado y suficiente caldo caliente para que llegue a cubrir aproximadamente 2/3 de la altura de la carne (no cubrir completamente).
Lleva a un hervor suave, luego tapa la cazuela y baja el fuego al mínimo. Deja cocer a fuego lento durante 1 hora y 30 minutos a 2 horas, hasta que la carne esté tan tierna que casi se desprenda del hueso al tocarla con un tenedor. Voltea los trozos a mitad de cocción.
4
Preparar la gremolata
Mientras se cuece la carne, mezcla en un bol pequeño la ralladura de limón, el ajo y el perejil finamente picados. Reserva tapado.
5
Finalizar y servir
Una vez tierna la carne, si la salsa está muy líquida, puedes retirar los trozos con cuidado y reducirla a fuego alto unos minutos hasta la textura deseada.
Sirve cada ossobuco caliente, bañado con su salsa y espolvoreado generosamente con la gremolata fresca. Acompaña inmediatamente con Risotto alla Milanese.
Consejos Clave
Elige el corte correcto y séllalo a la perfección. El éxito depende del jarrete de ternera (ossobuco) con su hueso y tuétano. Sécarlo bien y enharinarlo ligeramente antes de sellarlo es crucial para formar una costra dorada que selle los jugos. El sellado debe hacerse en aceite bien caliente y sin mover los trozos hasta que se despeguen solos del fondo, asegurando un dorado uniforme.
No te saltes el soffritto ni el desglasado. El sofrito lento de cebolla, zanahoria y apio (llamado soffritto o battuto) es la base aromática de toda la salsa. Desglasar con vino blanco después de dorar la carne es fundamental: disuelve los jugos caramelizados del fondo (fond) incorporando todo ese sabor a la salsa.
Cocina a fuego muy bajo y con paciencia. Una vez que todo esté en la cazuela, la cocción debe ser siempre a fuego mínimo, con el líquido apenas burbujeando. Una cocción apresurada o a fuego alto endurecerá la carne. El tiempo puede variar, pero no escatimes: puede necesitar hasta 2 horas para alcanzar la textura perfecta, deshilachada y tierna.
Prepara la gremolata en el último momento y no la cocines. La gremolata es un condimento fresco y crudo. Mezcla el ajo, el perejil y la ralladura de limón justo antes de servir para que mantenga todo su aroma vibrante. Se añade sobre el plato ya terminado, nunca durante la cocción, para que su frescura corte la riqueza de la salsa.
Sirve con el acompañamiento tradicional. El Risotto alla Milanese (con azafrán) no es una sugerencia, es parte integral del plato. El cremoso y aromático risotto es el vehículo perfecto para la salsa del ossobuco. Planifica prepararlos de manera simultánea para servirlos juntos y calientes.
Después de todo, este Ossobuco es de esos platos que se hacen con el corazón. La primera vez que lo preparé en casa, me pasé tres horas pendiente de la olla, pero cuando vi las caras de mis nietos al probarlo, supe que había merecido la pena.
No me cansaré de repetirlo: la paciencia es la clave. La carne tiene que cocerse a fuego lento, casi sin que te des cuenta, hasta que ella misma se rinda y se desprenda del hueso. Y ese tuétano que tanto les sorprendió a mis nietos… les tuve que explicar que era la médula, y al principio pusieron cara rara, pero luego fueron los primeros en pelearse por él.
Poco más que añadir, salvo que lo acompañéis con un buen risotto amarillo, que es su pareja de baile desde siempre. O si andáis justos de tiempo, con unas patatas asadas o un puré también queda de muerte.
Ahora os toca a vosotros. ¿Os animasteis a hacerlo en casa? ¿Conseguisteis que la carne se deshiciera o tuvisteis que darle más tiempo? La primera vez que lo hice, me entró la impaciencia y saqué la carne antes de tiempo, y vaya desastre. ¿Probasteis el tuétano o os dio reparo? Mis nietos al principio no querían ni mirarlo, y ahora es lo primero que piden.
Dejadme un comentario, contadme vuestra experiencia, vuestros trucos, vuestras fotos si queréis. Y si la receta os gustó, pasádsela a quien creáis que merece una comida que parece de domingo pero sabe a toda una vida.
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